’47 Ronin’, la épica samurái que podría haber sido


Emmanuel Báez Enero 22, 2014 0 Lectura de 5 minutes

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Se decía que el cine de samurai comenzó a morir en la década de los setenta, cuando el público iba perdiendo interés, y las estrellas que más llevaron el género sobre sus hombros comenzaron a hacer películas más tranquilas. Pero es un magnífico género que merece buenos tratos, aunque sean escasos, y en la última década se ha visto grandes obras como The Twilight Samurai y The Hidden Blade, o más recientemente, Rurouni Kenshin. Es la séptima versión que se hace de la historia de los 47 Ronin, y solo menciono algunos buenos títulos del género porque esta película podría haber sido uno de ellos, y mientras veía a Hiroyuki Sanada y Keanu Reeves pelear contra demonios y samuráis, no podía evitar lamentarme por la oportunidad perdida.

47 Ronin no es una mala película, pero está condenada a ser olvidada desde el principio. Si pueden pasar de la terrible incomodidad de tener a un elenco casi completamente japonés hablando en inglés durante dos horas, seguramente encontrarán varias cosas que admirar, pero he de entender si eso les resulta difícil. Y es el problema principal porque es evidente en cada línea de diálogo que uno está siendo testigo de un actor concentrándose tanto en ser inteligible con un acento que apenas maneja, que se olvida que está actuando. Adoré a Rinko Kikuchi como la tierna pero fuerte Mako Mori en Pacific Rim, pero su trabajo en esta llega a ser insoportable.

Sanada se salva porque ya lleva un tiempo trabajando en películas occidentales (Rush Hour 3, Sunshine) y no está simplemente recitando sus líneas como si fuera un discurso memorizado, lo que lastimosamente no se puede decir del resto del elenco. Pero como dije, no es una mala película, sino una oportunidad perdida, y eso puede verse en algunas buenísimas secuencias aisladas que son testamentos de la buena voluntad del equipo en trabajar en una producción problemática que en algún momento estuvo siendo vendida como una épica samurai con aventura y fantasía, mezcla entre Seven Samurai y The Lord of the Rings.

La idea es brillante, y con solo pensar en una épica de tres horas con 47 espadas samuráis, y criaturas mitológicas japoneses por todos lados, uno puede imaginarse lo que hubiera sido si la película hubiese salido bien. Detrás del intento está Carl Rinsch, que fue contratado por Universal para su primer trabajo como director, lo que en la industria significa contratar a un desconocido para que los productores puedan meter mano y cambiar las cosas a gusto. Se puede adivinar que algo así ocurrió, porque hay secuencias que simplemente parecen pertenecer a otra obra, como el prólogo con innecesaria narración y un similar epílogo que parece salido de un western.

Pero hay cosas que admirar, si no les distrae ver a japoneses diciendo tres palabras en inglés en diez segundos. Una secuencia en particular enfrenta a Kai (Reeves) con un maestro de su infancia, un demonio con rostro de águila, mientras Ôishi (Sanada) aguarda en una caverna contigua. Ôishi no debe desenfundar su espada, o él y sus compañeros sufrirán una muerte segura, y mientras Kai tiene un enfrentamiento contra su pasado, él tiene un enfrentamiento contra sí mismo. Es una de esas típicas pruebas que el protagonista debe pasar para seguir adelante y obtener una ayuda inesperada al principio, pero es una escena intensa y muy bien filmada como para que tenga el efecto deseado.

Y entonces la película sigue, y se pone difícil de nuevo. Keanu Reeves está más en modo automático que nunca, aunque al menos sigue siendo creíble en las coreografías y las peleas, lo cual es suficiente para cuando la historia se pone algo violenta (aunque nunca sangrienta) y requiere que vuelva a entrar en modo Neo durante unos momentos. La última media hora todo se torna un poco más inspirado, y por poco recuerda a clásicos samurái donde desenvainar no era la primera opción sino los personajes siempre recurrían en primera instancia a un plan que evitaba la violencia y el derramamiento de sangre.

El tercer acto arranca con interesantes estrategias y un ritmo cauteloso, antes de pasar a la acción y la última batalla, siempre la más imponente y memorable de todas. No es lo que el género merece, pero es notablemente lo mejor que podían hacer, y no les sale tan mal como podría haber sido. No se le puede negar sus sorpresas y la ejecución de algunos giros que hacen que la odisea de los héroes no sea uno fácil ni lineal, y los efectos especiales -y el diseño de los monstruos y las criaturas mitológicas- está bien trabajado como para que no sea una molestia, además del valor de producción que hay que rescatar a pesar de todo. Si llegan a lanzar en DVD/BD una versión totalmente hablada en japonés, me interesaría ver como afecta a la película de forma positiva. Mientras tanto, no creo que vuelva a esta versión voluntariamente.



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