’50 First Dates’, cuando Sandler enamoró a Barrymore una y otra vez


Emmanuel Báez junio 14, 2014 Comments Lectura de 4 minutes

50 first dates dest

Después de que Adam Sandler y Drew Barrymore probaron que hacían buena pareja en The Wedding Singer, volvieron a colaborar en una comedia romántica que me sigue pareciendo bastante infravalorada por la mayoría, ya que desde la increíble premisa hasta las implicaciones sugeridas y no mostradas en pantalla, se trata de una película asombrosa que habla acerca del amor verdadero con el humor mejor trabajado de Sandler, sutil, con toques absurdos como no podrían faltar, pero muy bien contenidos en favor de una historia realmente sorprendente que debería ser mejor recordada.

50 First Dates comienza como una comedia simple donde se revela la naturaleza desconfiada de Henry Rod (Sandler), que a pesar de su atractivo dudoso -según sus propias palabras- al parecer es un seductor nato, que sale con mujeres durante unos días y luego inventa excusas increíbles para deshacerse de ellas. En una de sus salidas al mar, su bote se descompone y termina en un café al que nunca antes fue, donde conoce a Lucy (Barrymore), con la que termina teniendo un día tierno de puras conversaciones que le acercan a su lado romántico menos conocido. Pero cuando intenta retomar conversación con ella al día siguiente, cae en cuenta de que Lucy no recuerda nada, y padece pérdida de memoria a corto plazo.

En un giro de rosca salido de Groundhog Day, en el que el día se repite una y otra vez para Lucy, pero no para Henry, que decide lidiar con la situación primeramente por orgullo pero luego por interés sincero, la historia de amor de 50 First Dates es una que hace pensar en la honestidad del sentimiento y la lucha contra los designios del tiempo. La dirección de Peter Segal, que trabajó con Sandler también en Anger Management y The Longest Yard, es bastante acertada en no repetirse casi en ningún momento en las escenas en las que Henry intenta conquistar de vuelta a Lucy todos los días, y el humor típico del actor está moderadamente edulcorada, haciendo que sea difícil no ver cómo saca su lado dulce y más tierno como pocas veces.

Con la intervención usual de Rob Schneider, y un elenco de secundarios cuasi-desconocidos que se desenvuelven con naturalidad, la historia se va desdoblando con inusitada melosidad, y cuando no se trata de la relación entre Henry y Lucy, por lo general hay momentos de humor que no se vuelve exagerado, de la mano de Sean Astin o Dan Aykroyd. Pero cuando la película triunfa es cuando la condición de Lucy hace que entre en juego su familia y Henry en encontronazos que revelan el lado más humano de la historia, y no se rebajan a hacer chistes simplemente porque sí, sino como una especie de catarsis de la situación irremediable por la que están pasando.

Luego vamos viendo el mejor lado de Sandler, que saca a relucir su personalidad incómoda de una forma muy agradable en el sentido en que tampoco cae en exageraciones, sino que deja que la trama se vaya desarrollando con tranquilidad, sin vulgaridades ni absurdo slapstick sino para resaltar también la personalidad de Lucy, que es digna de que un hombre la conquiste todos los días. Es así como se vuelve difícil no apostar por esta relación que se va construyendo a pesar de las posibilidades, y cuando se hace evidente que la película se salta eventos y días para mostrar cómo está de avanzada la relación, uno no puede sino imaginarse lo sincero de los intercambios entre ambos. Por supuesto, mucho se debe a que Sandler y Barrymore siguen haciendo buenísima pareja.

No está exento el hecho de que la película resalta su romanticismo a través de una hermosa fotografía de postales, con el estado de Hawái como ambientación, que no desaprovechan para nada para algunos planos que pueden llegar a embelesar. Además, una película de Sandler sin una genial banda sonora es algo raro, así que tenemos buenos covers de Over The Rainbow y Love Song que complementan la historia. 50 First Dates es uno de esos casos en el que la comedia está simplemente para acompañar al romance, y no al revés, y funciona hasta ese final fascinante que podría hacer pensar en cosas inquietantes si no fuera porque sencillamente se trata de un gran relato muy bien elaborado acerca de la infinidad del amor verdadero.