‘Día de la Independencia: Contraataque’, ciencia ficción y fantasía espectacular


Emmanuel Báez Junio 25, 2016 0 Lectura de 8 minutes

independence day

Día de la Independencia: Contraataque es una película que debe admirarse completamente en el contexto de su propia existencia. De otra manera, simplemente no funcionaría. Es una secuela de uno de los éxitos taquilleros más grandes de los años 90, que marcó un antes y un después en el cine comercial, y en ningún momento se jactaba de resaltar por sus personajes complejos ni su trama profunda, sino de la imagen de Will Smith como una estrella en ascenso y un trabajo de efectos visuales poco vistos hasta entonces, bajo la dirección de un Roland Emmerich que estaba sediento de que su carrera girara hacia hacer explotar el mundo en incontables maneras.

Desde entonces, hasta ahora, el director no tuvo para nada una carrera interesada en aprender de sí mismo. Emmerich es un tipo que sabe exactamente lo que quiere y cómo lo quiere, y se hizo un nombre de esa forma, quedando en el espectro más agradable de esa categoría, con Michael Bay en el polo opuesto de las producciones menos comprensibles. Sí hay algo que no se le puede negar a Emmerich es que sabe dónde poner la cámara cuando está destruyendo el mundo, lo que hace fácil apreciar el trabajo de efectos especiales, y es exactamente eso lo que él busca de sus producciones. Estoy bastante seguro de que sus juegos de niño consistían en pura destrucción, y con cada película, cumple sus sueños de infancia con suma alegría.

En ese sentido, esta secuela es bien entretenida. Tonta, ridícula, repleta de diálogos sosos solamente pensados para el tráiler, pero nada le va a quitar el hecho de que sea entretenida en su propio estilo, con sus propias ambiciones insólitas y sus ideas realmente increíbles en lo que respecta a la ciencia ficción, que no está para nada interesada en el realismo de la materia, sino en la consecución de un sueño que parece salido de la mente de un adolescente simplemente fascinado con las posibilidades del género, alimentado por decenas de libros y películas que exploran los límites fantasiosos de la física y las peleas intergalácticas y los viajes estelares. Tiene sus problemas de hipérbole visual, y una falta de carisma total, pero es apenas aburrida por momentos.

La trama se sitúa en una realidad alternativa donde la raza humana evolucionó tecnológicamente a partir de los restos de las naves extraterrestres que quedaron tras la “Guerra de 1996”, como es conocida la invasión que ocurrió en la primera película. Se presenta un escenario realmente fascinante de infinitas posibilidades cinematográficas, ya que expanden los hechos vistos en la primera película, agregando eventos que son geniales ideas que no llegan a ser exploradas, pero que me sorprendieron bastante por la simple premisa. Por ejemplo, una nave sí logro aterrizar en algún lugar de África, y los guerrilleros nativos tuvieron que combatir a los alienígenas durante varios meses, usando técnicas primitivas de combate cuerpo a cuerpo para poder vencerlos. En una era en la que se hacen spin-offs cada dos por tres, esa es una historia que me encantaría ver en el cine.

Sin embargo, esta continuación se centra más dos nuevos héroes, Jake Morrison (Liam Hemsworth) y Dylan Hiller (Jessie T. Usher), dos pilotos que eran amigos, pero ahora se alejaron debido a un problema del pasado. Si bien Hiller es el hijo adoptivo del personaje de Will Smith, ni el uno ni el otro, ni los dos combinados, tienen el carisma que poseía Smith en su momento. Él era un actor verdaderamente simpático -justo había terminado The Fresh Prince– y podía transmitir acción y humor al mismo tiempo casi sin esfuerzo, algo que ni Hemsworth ni Usher son capaces de hacer en ningún momento. Esta película sufre de una ausencia de Will Smith, pero afortunadamente, tiene una buena dosis de Jeff Goldblum para compensarlo. David Levinson se encuentra preservando todo el conocimiento y la conexión extraterrestre y, aunque su personaje no es sumamente interesante, tiene una presencia siempre agradable que hace que cualquier línea cliché sea agradable en obligado primer plano.

En esta realidad alternativa, la humanidad avanzó tanto que ya no existen conflictos entre los países, y todas las naciones unieron fuerzas para trabajar en un sistema de Defensa Espacial, aprovechando al máximo la tecnología alienígena en pos de un planeta Tierra más preparado para una posible venganza. Gran parte de la primera hora de la película consiste en mostrar las naves, la colonia en la Luna y cómo funciona, y todo lo que tiene que ver con la evolución tecnológica militar, que se ve genial tanto en planos cerrados como en planos generales. En lo que a valor de producción se refiere, realmente no escatimaron ideas ni gastos, y la mayoría de los setpieces parecen salidos de videojuegos y novelas de ciencia ficción del género.

Una vez que pasa todo eso, es cuando Emmerich comienza a deleitarse con todas las ideas que habrá acumulado durante tantos años, en compañía del guionista Dean Devlin, que ya había trabajado en una posible secuela poco después del éxito de la primera. Ellos, y otros tres guionistas -porque estas producciones nunca tienen solamente uno o dos en estos días- escribieron una película que va mucho más allá de las posibilidades de una secuela de Día de la Independencia, y cuando parece que encontraron el límite, todavía siguen tirando más ideas al guion como viendo cuál de ellos realmente queda a flote. Esta vez, no son varias naves que se estacionan sobre varios puntos del planeta, sino una gigantesca mega nave que es un poco más grande que el diámetro de la Luna, que cuenta con su propio sistema de gravedad, y termina aterrizando en gran parte del planeta, destruyendo todo a su paso.

Dentro de esta nave, donde reside la Reina alienígena, existe todo un propio ecosistema, en donde se lleva a cabo una gran batalla entre soldados humanos y extraterrestres, que culmina en Morrison y Hiller tomando control de dos pequeñas naves alienígenas, algo que papá hizo hace veinte años. En este punto de la película ya se instalaron las ideas de viajes interestelares y la leyenda de una guerra intergaláctica que viene sucediendo desde hace eones, con una raza dominando por sobre las otras, devorando planetas y recursos a su paso. El guion bebe de otros numerosos títulos del género y en ningún momento le interesa si algo de lo que dice o presenta se ve absurdo, aunque la última media hora se siente más larga de lo soportable, haciendo que las dos horas de duración se sientan como más que eso.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo, las ideas absurdas son entregadas con un estilo tan Emmerich, tan consciente de sí mismo, que funciona, y aunque los temas que toca la película son tan inusitados, no hay nada vulgar en ellos. Siguen siendo ideas de un niño experimentando con sus juguetes teniendo la claridad de que la imaginación no tiene límites, sin importarle que un avión jamás pueda realizar tal maniobra o que sea imposible que el planeta sobreviva semejantes ataques sin que ocurran desastres naturales posteriores que deshagan la mitad de la fauna y la flora del mundo. Siempre y cuando los planos sean vistosos, todo está bien, y esta película está diseñada para satisfacer a los fanáticos de lo imposible que tienen decenas de fondos de pantalla de películas de ciencia ficción que cambian cada treinta segundos.

Sus defectos hacen que no me interese verla de nuevo, pero sus logros hacen que pueda recomendarla, aunque sea una vez. A pesar de las tonterías, tiene sus momentos tiernos -como una pareja gay, bien cliché, pero tierna-, y el personaje de Bill Pullman que da pena por el estado en que quedó luego de la primera guerra. Dudo seriamente que, de darse una situación similar en la vida real, los humanos lleguen a sobrevivir un ataque de estas proporciones ni con las técnicas que usaron, pero como película, es el mejor ejemplo del cine comercial superficial funcional más disparatado en lo que va del año, y dentro de todo, sí me interesa ver qué ideas locas tienen en mente para la tercera película, que esta vez seguramente ya no se hará esperar.



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