‘La Chiperita’, con los ingredientes exactos para enamorar


Emmanuel Báez Septiembre 24, 2015 0 Lectura de 4 minutes

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El cine paraguayo necesitaba desesperadamente a La Chiperita luego de unas semanas decepcionantes en cuanto a estrenos nacionales. El realizador Hugo Cataldo reaparece para incursionar en un género poco transitado, el de la comedia romántica, y lo domina con astucia contando una historia entrañable que hace reír con personajes fáciles de querer y un conjunto que es digno de aplausos.

La trama sigue a Virgilia, que trabaja como chipera en un puesto de peaje, en compañía de su mamá, Ña Cande, y su mejor amiga, Juanita. Las tres siguen una simple rutina diaria, que consiste en despertarse, vestir el uniforme, y caminar hasta la estación de trabajo, donde deben hacer uso de las herramientas que tienen para conseguir el pan de cada día. El mundo de Virgilia es pequeño, pero suficiente, ya que no desea mucho de la vida, sino el bienestar familiar, y el amor de Walter, su amigo de infancia que trabaja controlando el peaje. El conflicto está en que él no lo sabe, y no parece muy despierto para descubrirlo por su cuenta.

Los personajes de la película rozan la inocencia, pero jamás de una forma tonta sino agraciada, convirtiéndose en estereotipos de una comedia romántica sin pretensiones deshonestas. Poseen un halo de ternura agradable que los acompaña durante toda la historia que parece salida de un cuento de hadas, de esos que invitan a soñar y apreciar la simplicidad de la vida con orgullo, sin temor a la vergüenza por vivir alejados de la tecnología y lo moderno. La vida de Virgilia es así, y tanto ella como su mamá son reflejos de una realidad invisible para muchos, lo que hace que su historia sea más amena, porque la naturalidad de todo está a flor de piel.

Dicha naturalidad es innegable en los ojos y la sonrisa de Patty Paredes, que es toda una revelación. Ella hace de Virgilia una persona real en su lucha romántica y en lo personal, ayudando a sostener la fragilidad de una familia que depende del esfuerzo interno incesante y el sueño de algo mejor. Ella y su mamá reciben ayuda de Anselmo, que vive en el exterior y envía dinero de forma mensual, aunque su repentino silencio acrecienta la preocupación y mantiene a ambas en un estado de temor por el futuro.

No hay ninguna profundización en las aristas de los conflictos, pero tanto Paredes como el resto del elenco son más que competentes, dotando de credibilidad a sus personajes y haciendo parecer que lo hacen sin mucho esfuerzo, lo que consigue que los problemas se sientan reales a pesar de la falta de información. Hebe Duarte tiene un semblante afectuoso de mamá cuyo mayor propósito en la vida es la felicidad de su hija, y Bruno Sosa conquista solo con la mirada, anotándose como un galán en potencia para la pantalla grande. Por otro lado, las intervenciones cómicas se dan más de la mano de María Liz Rojas, mayormente con aciertos.

La química entre Sosa y Paredes es palpable, y como ambos dotan de cierta ingenuidad a sus personajes, la relación que se va construyendo es bastante creíble, como dos enamorados que desconocen lo que acontece más allá de sus cercanas fronteras, pero tampoco lo necesitan, debido a que todo lo que añoran está a unos pasos de distancia. El tierno romance se resume en esa mirada final que ambos comparten en un momento que no necesita de una gran demostración de amor, puesto que sus ojos lo dicen todo. Es esa misma economía en cuanto a las decisiones sobre cómo contar una historia sencilla y lineal lo que hace que La Chiperita sea una experiencia encantadora y cálida, como un vaso de cocido con leche caliente y una deliciosa chipa recién salida del horno en una mañana de invierno.



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