‘Santificar Lo Profano’, una experiencia insoportable


Emmanuel Báez Mayo 13, 2017 0 Lectura de 6 minutes

El poster de la película paraguaya Santificar Lo Profano podría hacer pensar a cualquiera que se trata de un slasher acerca de un psicópata que se obsesiona con bailarinas nocturnas, y que está contado desde su punto de vista. El tráiler de la película presenta una narración insólita en un avance de un largometraje, en el que una voz invita a reflexionar acerca de lo que están sufriendo las mujeres en el mismo instante que uno está viendo el material publicitario, típico de un anuncio de conciencia social. Juntos, estos dos elementos ya sirven como augurio de una completa falta de congruencia en este proyecto que es fácilmente uno de los mayores despropósitos audiovisuales que pude haber presenciado en una sala de cine.

La obra, escrita y dirigida por Agustín Núñez, es una violación al buen gusto, digna de un aspirante a estudiante de cine cuya consumición de ficción se reduce a telenovelas de la más baja calaña. El renombrado maestro teatral ya experimentó anteriormente con el género en la ficción televisiva La Herencia de Caín, con la cual ya demostró que no posee agudeza alguna para seguir emprendiendo como realizador audiovisual. No sé si en algún momento en estos años dirigió algo que haya sido proyectado públicamente, pero en este esperpento que invade las salas de cine no hay indicio alguno de la más mínima habilidad para contar una historia memorable, excepto, tal vez, simplemente colocar la cámara en algún lugar y ordenar a los actores a recitar las más pobres líneas de diálogo.

La trama -si se puede hablar de una- sigue a Ángela (Lety Mancuello), una joven trabajadora que vive en la Chacarita, y que tras un manoseo injusto y humillante (tanto para el personaje como para el espectador, vale agregar), es despedida del hotel donde trabaja, acusada de robar un costoso reloj que pertenecía a uno de los clientes. Su día se torna peor cuando es echada de su casa por su padre, y debe buscar refugio en un lugar donde la reciben sin razón alguna. Esta información se da en una serie de escenas inconexas en el que aparecen y desaparecen personajes que no tienen nombre ni apellido, ni mucho menos personalidad o carácter, algo básico que podría haberles dado un peso mínimamente ligero como para que el guion no se sienta tan insustancial, que es casi inexistente.

En otro lado de la ciudad se encuentra Marcos (Héctor Lozzca), un joven que aspira a ser sacerdote y acepta la misión de adentrarse en el marginado barrio a impartir la palabra de Dios. Allí conoce a Ángela, quien se encuentra en una capilla sollozando a causa de sus penas, y los dos inician una conversación que parece tener un efecto positivo en ella. Esto último es una completa suposición mía, ya que la escena termina abruptamente cuando la trama se acerca a algo similar a un desarrollo de personajes, algo que sucede durante toda la película y de formas más que vergonzosas. No existe un solo personaje en toda la obra que sea digno de un análisis de más de medio párrafo.

El largometraje se enmarca en el género de drama social, o eso es lo que venden. En realidad, es un panfleto redactado en mayúsculas y con diez signos de exclamación al final de cada oración, que no es nada sutil en su supuesto mensaje de crítica contra la violencia de género, el machismo, la discriminación, entre otros males que aquejan a esta y cualquier sociedad, y que constituyen una lucha real que merece algo mejor que esta representación vulgar y burda, que no entiende en absoluto acerca de cómo dejar un mensaje sin ser tan vergonzosamente invasivo. La mayoría de los personajes recitan sobre la violencia que sufren, sobre las injusticias y las carencias, y lo hacen de una manera tan mecánica que evidencia un vacío absoluto de dirección actoral. Me atrevo a decir que cosas como estas hacen que muchas personas piensen que las luchas feministas son absurdas y merecedoras de ataques.

Si el punto no está del todo claro, la película empieza con una escena de violación innecesariamente gráfica, la cual se repite más delante de forma extendida, además de la ya mencionada escena de cateo físico que es de lo más deleznable y chabacano que se ha visto en una obra audiovisual. La misma no tiene razón alguna de ser porque ocurre en el mismo instante en el que la protagonista es introducida en la trama, sin ninguna información sobre quién es y por qué debería importarnos su existencia, y no me cabe en la cabeza cómo una actriz puede prestarse a semejante agravio, a menos que simplemente no entienda para nada lo que esté haciendo o haya confiado en que su exposición tenga un motivo sólido en toda la obra. A juzgar por el aire de morbo que se siente en la dirección de Núñez, me atrevo a decir que es lo segundo. No existe crítica alguna en generar incomodidad simplemente por generar incomodidad, si no está acompañada de algo que sostenga su juicio, y no hay absolutamente nada acá que sugiera que al realizador le interesa en lo más mínimo profundizar en la realidad social, más allá de simplemente llamar la atención.

Lo bueno es que son solamente 85 minutos de tortura. Además, con numerosos planos aéreos y otros rellenos, no hay más de una hora de película en total, en el sentido más vago de la palabra, lo que no quita que la experiencia sea un suplicio. Luego del asesinato de Ángela, la trama se quiere poner detectivesca, y no descansa en su lamentable exposición narrativa, pero dudo mucho que Agustín Núñez haya visto un solo filme de crimen en toda su vida, ya que el guion parece haber sido escrito por alguien que no tiene la más pálida idea de cómo funcionan las distintas instituciones gubernamentales, policiales, y ni siquiera médicas, lo que revela una nula investigación para la escritura del guion. Si me equivoco y en realidad el director disfruta viendo películas como cualquier mortal, le imploro que sencillamente nunca dirija para cine otra vez.



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