‘The Diary of a Teenage Girl’, el despertar sexual de los setenta


Emmanuel Báez Enero 13, 2016 0 Lectura de 4 minutes

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Hay muy pocas películas acerca del despertar sexual de adolescentes que se sienten realmente genuinas en todas sus aristas: la vulnerabilidad, la exploración, la satisfacción, la búsqueda, y por sobre todo, algo que es todavía más importante, la felicidad sin culpas ni estigmas. Este tipo de historias por lo general se centran más en las experiencias masculinas, y todavía más pocas veces el foco es una chica conociéndose a sí misma, disfrutando de sus conocimientos y experimentos, sin que eso necesariamente lleve a algo indeseado en ese momento, como un embarazo o alguna enfermedad. Así que The Diary of a Teenage Girl es una de las obras más realistas y sinceras en ese sentido, que invita a la reflexión sin poner jamás un clavo en ningún tema sino presentándose abierta, humana, y creíble.

Marielle Heller debuta como guionista y directora y pone al frente a Bel Powley, que de ahora en más debería tener una carrera hacia arriba por una brillante interpretación que se beneficia de una personalidad única y una presencia física cargada de toda clase de energía. Ella es capaz de dar vida a Minnie hasta el punto en que se siente palpable, real, tridimensional en sus pensamientos y sus sentimientos, así como en la lucha que lleva consigo misma una vez que descubre que el despertar de su sexualidad trae consigo una montaña rusa de emociones que supondrán un cambio radical y un camino a la madurez que determinarán su futuro. No es dato menor que la protagonista, una chica de 15 años, ingrese a esta etapa de su vida mediante una relación sexual con un hombre veinte años mayor, que resulta ser el novio de su madre.

Ahí radica el conflicto más interesante de la película, que sin embargo no se muestra prejuiciosa sino predispuesta al debate. Puede sentirse extraña esta relación, completamente ilegal, pero al mismo tiempo se siente también sincera, y todo porque el guion no la pone en un rincón, sino la convierte en una exploradora, alguien que realmente busca el significado de lo que siente y debate con ella misma acerca de las ramificaciones de sus actos. Lo mejor de todo es que esta introspección no está exenta de los típicos problemas hormonales de la edad, ya que Minnie es igualmente una chica inmadura, y en cuestiones del corazón, inexperta, lo que obviamente le juega en contra teniendo en cuenta que su amante es un tipo de 35 años.

Gracias a esta buena conjugación de factores, no se siente raro hablar de la química entre Powley y Alexander Skarsgård, que interpreta más que bien a un hombre que no actúa de acuerdo a su edad sino cuando le conviene. Es esta situación psicológica también lo que hace que la relación no se sienta más incómoda, sino hasta los momentos en los que se va resquebrajando la fachada que ambos inventaron para poder seguir adelante con el efímero idilio sexual. Hay una cuestión de casting que fue bien pensado, para que la discusión posterior no tenga que ver con el dilema moral del romance, sino con el drama de la madurez, ya que la relación entre ambos realmente no es el punto de la película.

También está la relación entre Minnie y su madre, Charlotte, interpretado por Kristen Wiig. Se trata de una mujer adulta viviendo lo mejor que puede durante los años setenta, y disfrutando al máximo de las libertades de la época. Drogas, fiestas hogareñas, y esa rebelión social aprovechada al máximo mientras los demás tenían la mente en otras preocupaciones más grandes. El vínculo entre Minnie y Charlotte se asemeja más a uno de hermanas, interesante decisión que también funciona en favor de que el foco principal sea Minnie y su travesía sexual, que Heller muestra con simpáticos adornos que enfatizan en el tema del aprendizaje adolescente y el crecimiento personal.



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