‘The Wolverine’, el retrato más interesante del mutante inmortal


Emmanuel Báez Julio 29, 2013 0 Lectura de 5 minutes

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Quedará en la imaginación de muchos lo que podría haber sido The Wolverine si hubiera sido dirigida por Darren Aronofosky, como casi sucedió, pero James Mangold no fue para nada un reemplazo sino una decisión diferente que trajo una visión única y merecida al personaje más interesante de la saga X-Men. Por supuesto, el hecho de que Wolverine sea el más interesante se debe mayormente a Hugh Jackman, quien le otorgó personalidad al mutante en su aparición en el 2000 en la primera película y lo mantuvo dinámico hasta en la tediosa Origins; y ese sufrimiento valió la pena porque The Wolverine es el mejor retrato que recibió hasta la fecha.

Tampoco es que eso sea particularmente difícil. A pesar de que las películas de X-Men lo ponían a él en el centro, la amalgama de personajes impedía una debida concentración en su vida y el mismo recibía un desarrollo medio sin mucha profundidad. La oportunidad la tuvo Gavin Hood con Origins, pero la película no le hizo justicia a Wolverine, que terminó enfrentándose a un guion pobre y una ejecución problemática repleta de efectos especiales sin terminar. Wolverine Inmortal (título latinoamericano) llega escrito por Mark Bomback (Total Recall) y Scott Frank (Marley & Me) y aunque sus créditos no digan lo mejor de ellos, parece que en colaboración lograron entender más al superhéroe de lo que nadie hasta ahora.

Sin muchos diálogos, los primeros diez minutos de la película demuestran que esta vez se toman en serio al personaje. Encerrado en Nagasaki, sin explicaciones -no que haga falta-, momentos antes de la segunda bomba nuclear lanzada sobre Japón, Logan observa la desesperación ajena y se mantiene tranquilo. Sabe lo que se viene, como le asegura a Yashida, un joven soldado japonés, que intenta liberarlo de su prisión. Al final, Logan lo salva de la onda expansiva y Yashida le debe la vida, dando pie a una secuencia fragmentada que servirá como flashback en momentos posteriores, cuando la historia lo requiera.

Un salto en el tiempo y vemos a Logan descuidado, con una mirada perdida, sin propósito, y recuerda a aquel Wolverine que se vio por primera vez en X-Men, poco antes de conocer a Rogue. Los eventos que le sucedieron desde que conoció a los demás no fueron exactamente los más anhelados, a pesar de los momentos esperanzadores, y así se encuentra una vez más sin rumbo alguno, intentando escapar de las decisiones de su pasado, en especial la que terminó con la muerte de Jean, a quien nunca logró superar. Este evento en particular es el que más lo aqueja, y es la base del conflicto principal del protagonista, que durante la película lucha tanto consigo mismo como con los enemigos que siguen intentando eliminarlo.

Lo bueno es que esta vez él no está en el medio de los problemas por accidente, sino que es convocado por Yashida, ya anciano, para una última despedida y agradecimiento por haberle salvado la vida hace tantos años. Por supuesto, no faltan las sutiles pero evidentes sugerencias de que se avecinan más problemas, y Mangold logra mantener la tensión a flote a medida que se van desenvolviendo las pistas que terminarán llevando a Wolverine al borde de la muerte. Se inicia así una aventura con mucha acción bien coreografiada, con picos de adrenalina bien ejecutados que logran mantenerse variados e atrapantes a pesar del inconveniente narrativo que supone tener en el centro a un protagonista supuestamente inmortal. Una de las secuencias involucra una memorable pelea arriba de un tren bala, que deja en ridículo a Gore Verbinski y lo que sea que haya intentado hacer con los trenes en The Lone Ranger.

A pesar de la acción sumamente comercial, la esencia del conflicto central se mantiene latente con la constante aparición de Jean-Gray (Famke Janssen), y eso hace que la introspección eventual de Logan se sienta real y honesta. Por primera vez compartimos una mirada seria a su larga vida, comprendiendo por qué habría de considerarse a la eternidad una maldición, pero así también sabiendo encontrarle el lado positivo a aquello de lo cual él quiere deshacerse hace tiempo. Es cuando se encuentra lindando su propio final real que descubre el significado de su vida, y así la maldición pasa a ser una bendición. Es una fórmula usada incontables veces en el cine de superhéroe, pero que acá funciona bastante bien gracias a un trabajo conjunto sinceramente interesado en el devenir del personaje.

The Wolverine no llega sin falencias. Una relación amorosa predecible hasta el tuétano que no aporta realmente nada sustancial, una “sidekick” no más memorable de lo ordinario, cierta repetición cansina en la conclusión de secuencias de acción para parchear la inmortalidad del protagonista (¿cuántas veces se desmaya en la película?), japoneses hablando en inglés aunque no haya nadie más en la escena, y otros detalles en general irrelevantes. Además de eso, solo hace falta una atención concentrada para oler el giro final desde el principio, pero eso para nada le quita el valor de entretenimiento entregado hasta entonces. Quizás el imponente Silver Samurai resulta últimamente desaprovechado, pero igual logra hacer que Wolverine se vea débil aun siendo invencible, y eso ya es un pequeño logro más en una película que logra que el superhéroe sea más interesante que nunca.



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