‘Duel’, el diablo sobre ruedas


Emmanuel Báez Junio 26, 2013 0 Lectura de 5 minutes

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Aunque Duel no es realmente la primera película de Steven Spielberg, es generalmente considerada así porque su verdadero primer trabajo, Firelight (1964), se perdió hace tiempo (una teoría muy difundida cuenta que Spielberg mantiene oculta la copia y no quiere que nadie la vea), pero aún así, es interesante hablar un poquito de ella antes de llegar a Duel, ya que los primeros trabajos de Spielberg vaticinan los temas que más adelante tocaría, cuando su habilidad artística ya estaba lo suficientemente madura como para impresionar y dejar una huella.

Por supuesto, ese es el conocimiento popular. Steven Spielberg viene impresionando desde que tiene 16 años, cuando comenzó a realizar su primer largometraje titulado Firelight, una historia de ciencia ficción sobre unos OVNIS sospechosos que amenazan la vida de los habitantes de un pueblo. El joven director proyectó la película de 140 minutos por primera vez a los 18 años, y en él ya mostraba su cariño hacia lo extraterrestre. Volvería a ellos unos 13 años después con Close Encounters of the Third Kind (1977), esta vez presentándolos afablemente, aunque así como en su primer largometraje, estos aparecen primeramente como luces en el cielo.

Así también su famoso cortometraje Amblin, que dio nombre a su primera compañía productora, sigue siendo un interesante trabajo de estudiante autodidacta, pero de un estudiante con gran control sobre la situación. Amblin es y sigue siendo hasta hoy el único proyecto mudo del director, un relato de poco más de 20 minutos sobre dos extraños autoestopistas que se embarcan en una pequeña aventura recorriendo las rutas de Estados Unidos. Ciertas similitudes compartieron luego con el dúo protagonista en su primera aventura criminal The Sugarland Express (1974), donde una mujer ayuda a su esposo a escapar de prisión y luego recuperar a su hijo en el camino.

La fantasía, el crimen, la aventura, la ciencia ficción. Spielberg ya estaba probándose a sí mismo, conociendo sus límites y desafiándolos, pero su trabajo más soberbio, y hasta hoy día una de sus mejores películas, fue Duel (1971), un film de lo más sencillo en su puesta pero impecable en su ejecución. Spielberg presenta su primera “película de monstruo”, cuatro años antes de Jaws, que es igual de terrorífica a pesar de que se trata de un monstruo bastante diferente.

Un frustrado empresario debe atravesar al país en automóvil para una cita de negocios, pero cruzando las avenidas más largas del país, se ve aterrorizado cuando un extraño comienza a perseguirlo con su enorme camión-tractor de 14 ruedas.

Dennis Weaver interpreta a David Mann, un padre de familia, pero no cabeza de la casa. Es ingeniosa la presentación del protagonista, realizada sutilmente a través de un programa de radio que está escuchando al comenzar su viaje. Un hombre llama a la radio a quejarse de su matrimonio de 25 años, y cómo su esposa es una arpía de la que no quiere saber nada, pero sin embargo no puede liberarse de ella. David escucha sin decir nada, de alguna manera se siente identificado, por eso no cambia de emisora. El guion es sólido, adaptando una historia corta del famoso novelista Richard Matheson (I Am Legend), e introduce unos monólogos en off para resaltar la naturaleza patética del protagonista, que habla como si tuviera cierto control de su vida, aunque la realidad es otra.

Llama a su esposa en su primera parada, y se enfatiza en su carácter débil. Luego continúa su viaje, y así mismo vuelve a ser acechado incansablemente por el conductor detrás del camión, a quien por supuesto, nunca llegamos a ver. El mal sin rostro es aún más aterrador, y el semblante de desesperación del protagonista se va haciendo sobrecogedor a medida que su vida va apeligrando más, por lo que es fácil empatizar con su angustia y su irritación.

Hay un obvio homenaje al cine de Hithcock en la ejecución de los momentos más tensos de Duel, y por si no fuera obvio, la banda sonora se asemeja bastante al clásico score de Psycho de Bernard Hermann, y sin embargo no se siente en ningún momento como una especie de ultraje, ya que Spielberg domina sus ritmos, los silencios y los ruidos, con una visión propia de lo que es el suspenso.

Aún así, la banda sonora no es nada intrusiva y apenas aparece en el clímax de cada acto. El resto del tiempo, la desesperación es provocada por el realismo en la edición de sonido, que evoca perfectamente la maldad absoluta que viaja en las catorce ruedas, “el diablo sobre ruedas”, uno de los subtítulos para su presentación en Latinoamérica, es más que acertado. El monstruo de metal oxidado ruge con furia hostigando a su pequeña presa, y la genial edición de sonido es acompañada de constantes contrapicados del camión y algunas tomas laterales e inferiores, que intensifican el colosal horror que representa.

Todo esto hace que el final no sea nada menos que satisfactorio, y es inevitable agradecer el destino del protagonista, luego de haberse encontrado a sí mismo en lo más recóndito de las carreteras, tras unas dosis agobiantes de adrenalina y miedo, que últimamente lo ayudan a quitar a su luchador interior.