‘Brooklyn’, pura belleza en la sencillez


Emmanuel Báez Marzo 31, 2016 0 Lectura de 4 minutes

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Hay una magia en Brooklyn que está casi ausente en el cine actual. Una magia que reside en las miradas, en las sutilezas, en la economía de recursos, en una historia sencilla y lineal con un conflicto natural y auténtico que no necesita para nada una complicación rebuscada para enternecer. Es la historia de una chica irlandesa llamada Eilis Lacey, cuyo futuro en su pequeño pueblo irlandés es casi nulo, por lo que decide viajar a Estados Unidos a buscar nuevas oportunidades. Allí es atacada por la nostalgia que la agobia día tras día, y lentamente va construyendo una nueva vida de oportunidades y nuevos horizontes.

La película dirigida por John Crowley es profunda gracias a la encomiable caracterización de Saoirse Ronan de una chica con un arraigo sentimental difícil de superar. Ronan, irlandesa de nacimiento, conjuga emociones con gran armonía, representando esa única sensación de añoranza de una forma punzante y conmovedora. La actriz había sorprendido a la mayoría más uno con su interpretación en Atonement, y su maduración ha sido increíble desde esa obra hasta ahora, con el que es definitivamente su trabajo más adulto y personal. Su mera presencia es extraordinaria en su humildad, y no es dato menor que tenga un rostro con aire europeo, y una penetrante mirada que puede contar historias en un solo plano.

La historia es una adaptación de la novela homónima firmada por Colm Tóibín, y sigue a Eilis alejándose de Irlanda y llegando a Brooklyn, New York, donde consiguió hospedaje y trabajo gracias al sponsor de un sacerdote irlandés que se encuentra en la ciudad desde hace años. La dirección de Crowley retrata su arribo y posterior conflicto interno con suma elegancia, aprovechando al máximo la brillantez de Ronan que jamás cae en el melodrama a pesar de que la historia fácilmente podría haber ido hacia esos caminos, puesto que el relato es acerca de sus lazos familiares, su romance, y su posterior regreso a su país natal, donde observará su pueblo con una mirada diferente.

En Brooklyn conoce a Tony Fiorello, un chico de familia italiana que se sincera con ella desde el principio, comentándole que anhelaba conocer a una chica irlandesa. Su encariñamiento crece a ser noble y real, y Emory Cohen representa esa modestia con simpatía, al igual que la relación que ambos van formando paulatinamente. Tony es el principal punto de apoyo de Eilis que, gracias a la llegada de él a su vida, empieza a sentirse más cómoda y en confianza en una ciudad desconocida, a miles de kilómetros de distancia del lugar donde viven su madre y su hermana mayor, a quien admira en demasía.

A pesar de la naturaleza lineal de la trama, cuyos conflictos son más bien una exploración interna sobre la identidad y la superación propia, la vida de Eilis da un giro enorme e inesperado que la hace regresar a Irlanda y reconectarse de nuevo con su familia y su pueblo natal. La experiencia de haber conocido un lugar diferente del mundo la hace ver sus orígenes con otros ojos, lo que le provoca una confusión aguda cuando se divide entre regresar junto a Tony o quedarse al lado de Jim, un hombre irlandés que le promete igualmente una vida a su lado, pero lo mejor de la historia es que no se trata solamente de un romance, sino que hay una contemplación a la vida del inmigrante luego de la Segunda Guerra Mundial. El acercamiento respetuoso a la historia de Eilis se siente general y digno de un análisis más profundo.

Brooklyn es un triunfo porque cuenta mucho sin ninguna exageración, alejada de la hipérbole dramática que contamina tantas películas románticas en los últimos años, muchas de las cuales deberían estar más en la pantalla chica. Esta es una propuesta sencilla, mas no simple, que conquista a través de los hipnotizadores ojos de Saoirse Ronan y un relato de pura belleza cinematográfica.