‘Cincuenta Sombras de Grey’, fantasía sexual para una visita al psicólogo


Emmanuel Báez Febrero 15, 2015 0 Lectura de 5 minutes

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Hablar de Fifty Shades of Grey es aceptar, primeramente, que se trata de una obra de ficción erótica que, con menor producción, no hubiera sido mejor que una película erótica de las que pasaban por The Film Zone luego de medianoche. Adicionalmente, y como punto más que importante, estamos hablando de una trilogía de novelas eróticas que nacieron de un fanfiction de Crepúsculo en un foro de internet, y que luego la autora fue transformando hasta convertirla en lo que es hoy, lejos de una obra de calidad, un fenómeno literario.

Habiendo dicho eso, y si es lo que están buscando, quizás sea exactamente lo que dice ser, y aunque las comunidades BDSM de todos lados sintieron la necesidad de publicar en qué formas la trama de la obra viola los reglamentos reales de tales prácticas, es una historia tan escandalosa como un vaso de leche caliente antes de dormir, así que no creo que valga la pena un debate posterior de más de diez minutos.

Es acerca de una estudiante de literatura llamada Anastasia, que conoce a un joven multimillonario llamado Christian Grey, en una entrevista que realiza como favor a su compañera de departamento. Instantáneamente, ambos encajan en una relación que va tomando un rumbo intenso, cuando Christian le revela que él no está acostumbrado a las relaciones románticas “normales”, sino que tiene deseos y gustos muy particulares.

Con esa premisa, la película se deja ver; eso sí, no se lo debemos a la trama en sí, sino a Dakota Johnson en el papel de Anastasia Steele. En uno de esos raros casos donde es casi imposible asimilar a otra persona en el papel, Johnson es lo que hace de la historia una que pasa de su simpleza, ostentando con gracia una inocencia verosímil y una ingenuidad de fantasía sexual adulta, que es mucho menos inteligente de lo que aparenta. De otro modo, no tendríamos película. Por ejemplo, para ser una estudiante de literatura, no es tan lúcida como para descifrar el término “tampón anal”, que se explica a sí mismo bastante bien.

Tampoco tendríamos película si el protagonista masculino no fuera un exitoso varón de veintisiete años, experto empresario, ducho en varias áreas, habilidoso con instrumentos musicales, con la cantidad exacta de pelos en el pecho como para que no parezca un bebé adulto ni un viejo cuarentón. Es decir, el hombre perfecto idealizado. Agreguen el veganismo y la brillantina y tienen a Edward Cullen, unos años después. Y Jamie Dornan es idóneo para el rol, que primeramente era de Charlie Hunnam, hasta que se salió del proyecto alegando que tenía demasiado trabajo. Me gusta imaginar que simplemente lo pensó dos veces.

Con eso no digo que Dornan esté mal. No creo que alguien similar pueda estar mal para un trabajo de esta clase, que no requiere más que un par de expresiones faciales, pectorales bien formados, y entregar las líneas de diálogo con el tono correcto. Y son diálogos que leerán en cualquier novela erótica o película del género, de esas que no están para nada interesadas en profundizar en los protagonistas, sino simplemente en sugestionar al espectador. Si funciona, me parece genial, pero no hay ninguna otra intención en las mismas.

Como una especie de romance inusual, la obra funciona durante un buen rato, cuando no está interesada en ponerse seria. La directora Sam Taylor-Johnson intenta inyectarle un tono de comedia romántica lo más que puede, y gracias a la caracterización de la tierna y hermosa Johnson, lo consigue. Es cuando el guion intenta tornarse reflexivo que todo va en picada, y para el desenlace -de esos abruptos que quieren hacerse pasar por intrigantes, pero resultan estúpidos e innecesarios-, la historia solo tiene un camino moralmente aceptable que tomar, el de Christian terminando con una visita al psicólogo.

En cuanto a las secuencias sexuales, que son el mayor -quizás, único- atractivo de todo, podrían considerarse increíbles si es que nacieron ayer, o si es la primera vez que llegan a internet. Tampoco me voy a declarar dueño de la moral. Son secuencias bien editadas, que cumplen su función, ni más, ni menos, y en esa categoría, es un producto que consigue el masivo éxito que tiene porque está fríamente calculado como para que la combinación de la banda sonora y esos planos detalle que duran menos de un segundo causen la respuesta buscada.

Fifty Shades of Grey -título irónico, para personajes bien unidimensionales- es, dentro de todo, una película que se debería celebrar por algunos aspectos, en especial, el hecho de que probablemente se convierta en la primera producción más taquillera dirigida por una mujer. Y en Hollywood, las mujeres siguen teniendo poquísimas oportunidades de lucirse detrás de cámaras. Ahora, si buscan algo similar, pero más interesante, prueben con Secretary, con James Spader y Maggie Gyllenhaal. De esa sí hablaremos largo rato.