‘Mangoré, por amor al arte’, una lamentable presentación


Emmanuel Báez Agosto 22, 2015 0 Lectura de 4 minutes

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Se llegan a ver aproximadamente veinte guitarras en Mangoré, pero en ningún momento nadie llega a ejecutarlas de verdad. El director Luis Vera emplea planos detalle en incontables ocasiones para tratar de disfrazar el hecho de que nadie hizo la tarea, o al menos nadie procuró ser cómplice de la cámara para convencer al espectador de que alguna vez ejecutaron una pieza musical completa. Si es que alguno de los actores realmente llegó a hacerlo, entonces la dirección es peor de lo que pensaba.

Es solo uno de los tantos problemas que hace de Mangoré, por amor al arte, una de las mayores desgracias del cine paraguayo, lo cual es todavía más penoso considerando el hecho de que se trata de una de las películas más caras de la historia del cine nacional. Poco después de iniciar, Mangoré y su hermano, interpretados por Damián Alcázar y Joaquín Serrano, se encuentran discutiendo acerca del futuro de la carrera de ambos. En un momento dado, Agustín le pregunta a Martín “si se quiere abrir” del emprendimiento, creando así una expresión que recién se empezará a usar unos setenta años después.

El guion, con diálogos sosos y, en varias ocasiones, anacrónicos como lo mencionado, hace aguas por todos lados mientras más intenta fortalecer una narración fracturada que se torna rápidamente cansina y vergonzosa. El sonido, desincronizado debido a una posproducción de sonido pobre, y la cámara en mano que resulta hasta dolorosa para los ojos en el sentido más literal posible, son otros factores que terminan por enterrar una obra que desde el principio perdió toda oportunidad de generar una mínima emoción positiva.

Así es como la vida de un grande de la historia paraguaya es mucho menos interesante que saber cómo se llevó a cabo la producción de una película que hace de su biografía una ficción desafortunada, la cual es solamente memorable por momentos cuando no se conjugan en pantalla los actores menos idóneos para el trabajo. Ahí salvo con gusto a Lali González, que exuda talento desaprovechado, y al mismo Alcázar que lucha contra el acento que se le escapa en varias escenas.

Otra cosa contra la que lucha Alcázar es un bigote que parece comprado en la juguetería de la esquina, y el hecho de que es el único que envejece notablemente en unos años, mientras que las demás personas parecen verse siempre iguales. Seguramente la locura que va demostrando en la película se debe a la frustración de que los demás tienen mejores estilistas.

Realmente no vale la pena hablar de la historia en sí, porque aunque se acerque a la realidad, no podría ser menos interesante. La trama sigue a Barrios desde pequeño, cuando se estaba enamorando del arte, luego en su juventud, cuando ya estaba convirtiéndose en un artista, y posteriormente en su vida adulta, que consiste en secuencias de lo más soporíferas donde el mismo recorre el mundo junto a su pareja y su hermano, tratando de vivir de su música de forma incoherente y egoísta.

Otra cosa que también quiero rescatar es la dirección de arte, que lo mínimo que puedo decir es que sí se siente como si hubiera uno regresado varias décadas atrás. El vestuario es magnífico, al menos para una producción paraguaya que en ese apartado no tiene nada que envidiar, y así mismo la utilización de locaciones antiguas ayuda a que la sensación del viaje en el tiempo sea un poco más genuina.

No está de más decir que realmente lamento que una producción ambiciosa e importante haya terminado de esta manera. No solo porque se nota la inversión, sino porque es un producto tan penoso que considero que podría ser dañino para cualquiera que quiera acercarse por primera vez a la figura de Agustín Pío Barrios y se encuentre con algo que podría generarle una vergüenza ajena. Me gustaría que sea una simple exageración de mi parte, pero la verdad es que al final, el verdadero amor al arte es el sacrificio de aguantar la película entera.