‘Divergente’, una distopía carente de emociones


Emmanuel Báez Mayo 4, 2014 0 Lectura de 5 minutes

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No me gustaría pensar que el género de ciencia ficción distópica ya encontró su punto más alto con películas como The Hunger Games, y que ahora mismo irá cuesta abajo inevitablemente, ya que sigue siendo un género fascinante con el cual se pueden seguir explorando temas de relevancia actual, pero la verdad es que títulos como Divergente hacen pensar exactamente eso.

Uno creería que una película acerca del individualismo y el no conformismo resaltaría de entre el montón y no se recostaría en la mediocridad, pero el nuevo trabajo de Neil Burger realmente abraza la ironía involuntaria, apenas jugando con la idea de ser diferente, y terminando entre las cuatro paredes de lo mundano. Burger viene de dirigir Limitless, donde dirigió a Bradley Cooper haciendo de un escritor que consigue habilidades extraordinarias gracias a una droga. Tiene un buen estilo visual, pero como muchos, presta poca atención al guion que tiene entre manos.

La historia de Divergente se ambienta en un futuro donde hubo una guerra sobre la cual se explica poco o nada. Por alguna razón, la sociedad se divide en cinco facciones, y a los 16 años, los adolescentes deben pasar por una prueba para saber a qué facción pertenecer el resto de sus vidas. Cada facción cumple un rol único e importante para el progreso de la sociedad, y una vez selecto, uno jamás puede cambiarse a otro grupo.

De por sí la idea de una sociedad dividida de esta manera es ridícula, y el hecho de que los “divergentes” -personas que no encajan en una sola categoría y que van contra el sistema de forma natural- sean algo poco común, es aún más absurdo, y un escueto debate sociopolítico puede surgir de esto porque resulta casi risible imaginar un sistema así que haya funcionado por tanto tiempo. Pero lo cierto es que la película no da espacio para ninguna clase de debate ni análisis porque se pierde en un desarrollo lento que en ningún momento invita siquiera a indagar más en la situación.

Seguimos a Beatrice Prior (Shailene Woodley), que llega a la edad de decidir si quiere seguir en Abnegación -donde se dedican a ayudar a los más necesitados, además de controlar el gobierno-, o decantarse por alguna de las otras facciones. Si ya vieron a Woodley en sus trabajos previos, en especial The Descendants, sabrán de entrada que será lo mejor de la obra. Posee una belleza natural que no requiere de retoques, además de que sabe ofrecer una interpretación creíble con poco esfuerzo, lo que la convierte en uno de los rostros frescos más interesantes que hay en Hollywood en estos días.

Lastimosamente, está estancada en una película que hace aguas por todos lados y jamás está a la altura de sus ideas. Pretende ser subversiva, pero su propósito está a la merced de unos protagonistas unidimensionales cuyas motivaciones no son verosímiles en ningún momento, y están completamente desaprovechados porque la única intención sincera del guion está en un romance adolescente que termina acaparando toda la historia.

Los pocos momentos en que Burger logra causar cierta emoción, lo consigue gracias a una cámara que se posa enteramente en las expresiones de su actriz principal, o cuando ella ingresa a un estado de alucinaciones donde debe enfrentar sus miedos. El resto del tiempo se desperdicia entre los que la acompañan, que jamás se ven ni remotamente inmersos en sus respectivos papeles.

No recuerdo haber visto a Kate Winslet tan desinspirada anteriormente, o una antagonista tan insustancial cuyas acciones resulten tan poco llamativas. O a Ashley Judd como si siguiera en un thriller como Double Jeopardy o High Chrimes, intentando ser creíble con un arma en la mano. Y de los secundarios jóvenes, ni entrar en detalles, porque realmente no tienen de qué sostenerse.

Como mínimo, podrían haber entregado un relato de ciencia ficción que se salvara con algo de acción, pero la premisa de Divergente se dilata en un cansino entrenamiento que carece de cualquier tipo de emotividad, más allá de ver cómo Beatrice se convierte en la heroína que debe ser porque la historia la obliga, enfrentándose a sus compañeros en alguna que otra pelea y probando que es capaz de dar todo de sí. Es a veces divertido verla caer y levantarse, pero la falta de explicaciones no hace que valga la pena apostar por ella más de la cuenta, menos aún cuando se supone que uno debe asombrarse o intrigarse por un suceso sobre el cual en ningún momento nadie se detiene a decir nada.

Y es una pena, porque Woodley es fantástica y está ahora atascada a tres películas más (porque el último libro será dividido en dos entregas, siguiendo la tendencia iniciada por el desenlace de Harry Potter), y el arranque no resultó nada emocionante. Quizás dejen un poco de lado el romanticismo barato y se abran las puertas a un mundo que realmente se muestre mucho más interesante, ya que el final sugiere una expansión de los temas que tan superficialmente abordan en esta primera obra.