‘Godzilla’, el coloso japonés restaura su orden natural


Emmanuel Báez Mayo 17, 2014 0 Lectura de 7 minutes

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Durante una de las escenas finales de Godzilla, la original de Ishiro Honda, el personaje del Takashi Shimura entrega un monólogo concluyente acerca de las consecuencias nefastas de las acciones del hombre jugando con armas nucleares. Aquella obra criticaba duramente la existencia de las bombas atómicas, y por esa razón trascendía mucho más allá de la simple presentación de un increíble monstruo destrozando una ciudad.

La alegoría fue tan implacable que para el estreno de la película en Estados Unidos, la misma fue machacada y destripada enormemente, destrozando el mensaje acerca de los horrores vividos por Japón y el pavor que sus habitantes sufrieron durante los años siguientes. En su lugar, se agregaron escenas con el actor Raymond Burr como el periodista Steve Martin, en lo que fue una de las primeras veces que usaron esta técnica para estrenar títulos de ciencia ficción y fantasía japoneses en suelo norteamericano.

Es sin duda alguna lo que hace de la creación de los Estudios Toho un punto importante en la historia del cine, aunque su valor histórico se suele ver disminuido a ícono de la cultura pop por las siguientes películas que colocaron al coloso enfrentándose a todo tipo de bestias como mero entretenimiento superficial. Es realmente lo único que hace del Godzilla de Gareth Edwards una potencia con una metáfora limitada, que sabe que a pesar de su innegable grandiosidad, seguirá estando detrás de la de Honda.

Pero que quede perfectamente claro: de ninguna manera eso significa que esta nueva versión es inferior de una forma significativa. De hecho, a pesar de que es evidente a una milla de distancia que no tienen intención alguna de hacer una autocrítica con respecto a la crisis nuclear después de la Segunda Guerra Mundial, se enfocan en otra gran problemática que tiene relación directa con la ambición del hombre. Así es como esta vez se trata de la naturaleza, y como ésta busca su propio balance mediante Godzilla.

No tenemos al gran Shimura advirtiendo sobre las consecuencias, pero sí tenemos a Ken Watanabe, que parece ser la elección predeterminada cuando hay casting de un actor oriental en una producción norteamericana, al menos cuando Chow Yun-Fat no está disponible. Watanabe interpreta al Dr. Ichiro Serisawa, en uno de los varios guiños al título de 1954, y es con quien empezamos esta nueva adaptación, cuando el mismo se encuentra investigando en Filipinas junto a su compañera Vivienne Graham (Sally Hawkins) y descubren una forma de vida antigua extinta, y otra con mucha vida por delante.

No se muestran tan asombrados, porque saben a lo que se enfrentan, y con esa información, también el espectador, que quizás llegó a la película habiendo pasado por una campaña de marketing que ponía a Godzilla como el único monstruo de la película. Una decisión muy bien acertada por parte de Warner Bros., que realmente se arriesga con una producción que en el pasado ya se estrelló en la taquilla, pero la confianza que le depositaron a Edwards y el resto del equipo realmente vale la pena al final. No hay de qué preocuparse, no hay secuelas del esperpento perpetrado por Roland Emmerich en 1998.

Edwards viene de dirigir Monsters, con el cual se debutó como director, contando una historia humana en medio de una invasión alienígena que llenó al mundo de zonas infectadas por criaturas extrañas. La producción independiente le consiguió el trabajo de esta nueva visión del clásico japonésy traslada bastante bien, aunque no gran parte del tiempo, su habilidad de mostrarnos la importancia de las relaciones humanas en medio de un caos incontrolable.

Las relaciones acá están enfatizadas a través de Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson) y Elle Brody (Elizabeth Olsen), que interpretan a una pareja que se reúnen después de varios meses de actividad militar. Ella, enfermera, y él, especialista en explosivos, contando ambos con un hijo pequeño que realmente existe solo para generar más empatía, aunque el personaje más interesante es el de Joe (Bryan Cranston), que hace del padre de Ford. Joe se encuentra alejado de su hijo y la familia de este, debido a que sigue obsesionado con descubrir la verdad detrás del temblor que terminó en la muerte de su esposa, unos quince años atrás.

Es a través de su obsesión que podemos llegar al meollo del misterio, descubriendo así a la primera criatura de la película. Hasta ahora no hice mención directa al Godzilla de esta versión, porque el director decide construir un suspenso exasperante hasta el momento exacto en que podamos verlo desatar toda su furia en tierra firme, cuando se enfrente no solo a uno, sino a otros dos organismos que desean usar el centro de San Francisco como nido. Esta decisión juega a favor y en contra de la historia, que se ve impulsada cada vez que Godzilla emerge impetuoso y se prepara a pelear, no sin antes demostrar su incuestionable superioridad con el rugido característico que mejoró tras 60 años de diseño de sonido resumidos en unos sorprendentes diez segundos.

Pero Edwards decide negar al espectador el espectáculo inminente, no solo una sino varias veces. Resulta extraño, al principio; llamativo después; y agotador, al final. Es notable que la decisión se debe a que el director quiere que seamos tan testigos del evento como los mismos protagonistas, así como cuando nos va dejando de a poco ver lo que sucede, lo hace siempre por sobre el hombro de extras o como si la cámara estuviera en la cima de un edificio, y no flotando de manera inverosímil desde cualquier posición. Ahí se ve lo brillante de su intención, la cual realmente funciona cuando la trama central de los dos padres intentando encontrarse resulta repetitivo, repleto de casualidades, y poco interesante. El cineasta sabe que probablemente venimos de ver, no solamente las decenas de versiones de Godzilla, sino otros films de monstruos recientes como Pacific Rim, el cual se trata acerca de la destrucción y nada más, y por esa razón hay una invitación tácita a tener paciencia.

Lo irrefutable es que cuando finalmente podemos verlo en todo su esplendor contra los otros dos monstruos, es un deleite inconmensurable que se pone emocionante y brutal en medidas crecientes. Este es el Gojira que el cine venía pidiendo a gritos hace décadas, y que Hollywood era incapaz de mostrar debido a su notoria falta de comprensión de la creación, porque para que sea un ser relevante, no puede ser despojado de las razones de su existencia. Al principio, fue la crisis nuclear, y ahora es la naturaleza buscando restaurar el orden. Y uno quiere que se restaure dicho orden, con el mejor espectáculo posible, y es exactamente lo que uno recibe.

Es una lástima que en el medio de todo haya un personaje soso como el de Ford, que se divide entre regresar a su esposa e hijo y ayudar a transportar bombas nucleares solo porque es necesario tener a un héroe en peligro constante, para que uno quiera animar a alguien conocido y no simplemente desear estragos cada vez que un monstruo aparece. El personaje que la historia se merece es el de Cranston, pero no hay mucho de él como lo plantean al comienzo. Pero lo bueno es lo bueno, Godzilla sigue siendo el Rey de Monstruos, y la película misma se encarga de darle el digno título de forma apropiada en un estadio de fútbol donde los sobrevivientes observan anonadados como este ser se aleja majestuoso, una vez que el orden fue restaurado. Así también, el cine de monstruos está en armonía, con una representación occidental de Godzilla que fue un despropósito monumental, y ahora otra que resultó ser tan apoteósico como su pasmoso rugido que será difícil de olvidar.