‘Me and Earl and the Dying Girl’, cine indie al extremo


Emmanuel Báez Noviembre 27, 2015 0 Lectura de 5 minutes

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Me and Earl and the Dying Girl tiene todos los ingredientes de una película indie que quiere desesperadamente ser reconocida: un protagonista que desvaría, un amigo diferente casi en todo sentido, ¡una chica con cáncer!, una banda sonora variada y bien hipster, ¡secuencias stop-motion!, planos fuera de fórmula, títulos en pantalla, una fotografía poco comercial, ¡narración!, y por supuesto, referencias a películas internacionales clásicas, desde Werner Herzog hasta François Truffaut. Es como si alguien hubiese agarrado una enciclopedia de cine independiente y hubiera echado todo a la mezcla. Algunas cosas funcionan, y otras, no.

Ese alguien es el director Alfonso Gomez-Rejon en su segundo trabajo cinematográfico y el novelista Jesse Andrews, adaptando su propia obra en su primer trabajo para la pantalla grande. Menciono estos datos específicos porque imagino que podrían tener alguna relación con las falencias de esta película, que tiene potencial y hasta momentos bien inspirados que nacen de una premisa llamativa, pero que últimamente decaen porque el conjunto no logra sostenerse con tanta ambición deprivada de atención.

La trama sigue a Greg, un adolescente egoísta, absorto en sí mismo, inmaduro, e inconsecuente con la realidad. Es el problema principal, porque estamos hablando del protagonista principal de la película, y aunque el guion intenta convencer de que en realidad se trata de alguien con problemas de autoestima, enajenado a causa de sus padres, y con gran talento y humildad, la verdad es que solamente pasa por ser idiota la mayor parte del tiempo, cuando más uno esperaría que pisara tierra, en alguna especie de epifanía acerca de la madurez y cómo sus acciones afectan a los demás, quiera o no.

Es una lástima porque los protagonistas secundarios de la historia son mucho más interesantes. El amigo de Greg es Earl, a quien conoce desde que eran pequeños. Ambos, a pesar de venir de familias muy diferentes, tienen una pasión en común, y es que hacen versiones amateurs semi-paródicas de clásicos del cine, como lo explica el director de la forma más Andersoniana posible, stop-motion incluído. Este apartado es genial, y hasta da ganas de que alguien realmente haga estos cortos porque algunos se ven muy ingeniosos, como esos trabajos de estudiante donde lo que prima es la creatividad, y no el presupuesto.

La vida de ambos amigos cambia cuando la madre de Greg lo obliga a pasar tiempo con Rachel, una chica del barrio y conocida escolar, que fue recientemente diagnosticada con leucemia. Ellos ni siquiera son amigos, pero la insistencia de la madre de Greg forzará una amistad que, en teoría, sería revelador y catártico , y durante un buen tiempo, es lo que sucede. La presencia de Rachel parece cambiar la actitud egocéntrica e infantil de Greg, y el director insufla de emotividad y buena energía a esta relación con secuencias maravillosas y divertidas en las que ambos comparten acerca de la vida, la muerte, y otras cuestiones.

El trío de actores jóvenes está más que bien. Thomas Mann convence como el adolescente que necesita una sacudida para reflexionar más acerca de su actitud hacia la vida, y RJ Cyler es más que competente y agradable como Earl, aunque su personaje cae mucho en el estereotipo de adolescente afroamericano. Sin embargo, este demuestra mayor desarrollo a lo largo de la trama, y se convierte en un personaje mucho más interesante de seguir de cerca. Olivia Cooke, actriz relativamente nueva como sus compañeros en pantalla, sale agraciada de toda esta odisea, e hipnotiza con unos ojos grandes que expresan lo suficiente.

El esperado conflicto de la película mueve la trama para adelante de la forma que cabe esperar. No fuerzan una relación romántica entre ambos, a pesar de que Greg saca a relucir sus fantasías como cineasta en varios momentos, sino que se forma una amistad que se siente sólida e inspiradora por momentos, aunque ya para la mitad de la historia, se hace evidente que el arco del protagonista no se está tornando esperanzador. Cuando las cosas se ponen feas para Rachel debido a su enfermedad, es cuando la película pierde fuerza y cae rápidamente, a causa de un protagonista que se vuelve insoportable.

Entiendo por qué Me and Earl and the Dying Girl fue un éxito, pero no entiendo cómo pudieron tener a un protagonista desagradable queriendo llevar adelante una historia de madurez, cuando la madurez no llega y el personaje parece volver al principio cuando todo acaba, sin cambios realmente elogiables. Es una buena película, pero no gracias a él, sino a situaciones simpáticas que lo rodean y esas geniales escenas de cine amateur que parecen salidas de una cabeza estimulada. Hubiese preferido mucho más ver solamente a Earl and the Dying Girl.